JOSÉ MARÍA MORELOS, Quintana Roo, 1 de mayo de 2026.- Lo que hace dos décadas convirtió al ejido Othón P. Blanco en referente regional de la papaya maradol, hoy resiste apenas con productores aislados que se niegan a abandonar el campo.
Las antiguas Sociedades de Producción Rural colapsaron con la crisis y, con ellas, gran parte de una actividad que alguna vez generó empleo y movimiento económico.
Actualmente sembrar papaya exige inversiones superiores a 70 mil pesos por hectárea, monto que pone al límite a cualquier pequeño productor.
Uno de los que siguen en pie es Alfredo Velázquez Gutiérrez, quien decidió cambiar estrategia: vender directo y evitar intermediarios.
Explicó que en una cosecha favorable puede sacar alrededor de 35 toneladas, comercializando la fruta por pieza entre 20 y 30 pesos.
Para él, vender personalmente deja mejores márgenes que entregar la producción a los llamados “coyotes”, quienes compran barato y revenden caro.
Sin embargo, el verdadero enemigo no siempre está en el mercado.
Velázquez advirtió que una plaga puede destruir la ganancia de todo un ciclo agrícola y obligar al productor a poner dinero de su propia bolsa.
Reconoció que en el campo nunca hay garantía: si la cosecha sale bien se gana algo; si llegan enfermedades, se pierde fuerte.
Para sobrevivir, campesinos han aprendido a rotar cultivos y evitar monocultivos que desgastan la tierra y multiplican patógenos.
Así, entre plagas, altos costos y abusos comerciales, el ejido lucha por no perder su vocación agrícola.
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